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Unión Árabe de Cuba

 Los Árabes en Cuba- Capítulo 1

Por Rigoberto Menéndez Paredes

 

 

De España a Cuba: La huella indirecta de la cultura árabe

 

 

 

Los cubanos acostumbramos a identificar una impronta árabe alzando la vista hacia determinados edificios de nuestras principales ciudades o al mencionar alguna palabra de raíz arábiga como «almohada» o la manida interjección «ojalá». Sin embargo, ninguna de esas huellas procede del movimiento migratorio que entre los siglos XIX y XX trajo a la Isla a miles de personas naturales de los territorios que hoy corresponden a Líbano, Palestina, Siria, Egipto y Jordania. La primera etapa de presencia cultural árabe en la mayor de las Antillas comienza con la llegada misma de los españoles en 1492 y se extiende durante siglos dejando huellas palpables en la arquitectura y el lenguaje, entre otros indicadores. Los colonizadores hispanos trasladan a Cuba y otros territorios de América un grupo de elementos que, como resultado de los casi ocho siglos de dominación árabe-musulmana en España, arribaron ya plenamente integrados en el acervo cultural del país unificado por los Reyes Católicos; esos aspectos incluyen la presencia humana: la tan comentada, aunque no lo suficientemente documentada, entrada de moriscos a la Isla.

 

Inmigración críptica y forzada: moriscos, árabes y beréberes en Cuba en los siglos XVI y XVII

 

Los historiadores tenemos el deber de avalar las afirmaciones con fuentes o documentos confiables. Mucho se ha conjeturado acerca de una emigración masiva de miles de moriscos a América, cuestión aún por demostrar; lo cierto es que esa presencia humana, numerosa o no, fue un hecho verídico y no son precisamente las cifras las que lo confirman, sino las leyes de diversas monarquías españolas del siglo XVI que advierten sobre el supuesto perjuicio que suponía para España la entrada de población de origen islámico en las recién conquistadas tierras americanas. Esta población era de variada procedencia: beréberes del Norte de África llevados en calidad de esclavos y moriscos que en esa misma condición o como sirvientes de los grandes señores o altos funcionarios llegan a las colonias españolas del hemisferio occidental.

 

Ya en los inicios del siglo XVI una real cédula de Carlos I de España y V de Alemania informa de la prohibición de la entrada en los territorios conquistados en América de esclavos berberiscos y personas libres nuevamente convertidas al cristianismo (antiguos musulmanes); afirma que estos han pasado ilegalmente, y advierte del peligro de que se siembre en esas tierras lo que el edicto denomina «la secta de Mahoma», en alusión a la religión islámica que profesaban o habían profesado los mencionados grupos . Otra cédula -esta vez fechada en 1531 y dirigida a los oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla- es menos inflexible, pues expresa que los esclavos blancos berberiscos no podían pasar a las Indias occidentales (América) «sin licencia nuestra», es decir, de la monarquía española.

 

Como huella de la temprana presencia berberisca, o bereber, en Cuba, el sabio cubano Fernando Ortiz comprobó en un documento de 1568 la existencia de un esclavo llamado Antón y clasificado como «berberí». El insigne antropólogo afirmó que aunque la introducción de esos esclavos estaba prohibida por temor a las creencias islamitas «que pudieran traer consigo», lo cierto es que entraron.

 

Posiblemente el siglo XVI resultó activo en lo referente a la entrada críptica o forzada de personas de fe islámica, y esto lo corrobora un documento fechado en 1596 y transcrito por César García del Pino, donde se relaciona un grupo de 44 esclavos «moros» que venían -conjuntamente con forzados y presidiarios españoles- a bordo de la galera San Agustín. Por las ciudades de procedencia se deduce que estas personas eran naturales de los territorios que hoy corresponden a Marruecos, Argelia, Egipto y Turquía, entre otros. Los datos ofrecidos por la lista proceden de una etapa en que la división administrativa de algunos países árabes del Norte de África no coincidía con las fronteras actuales.

 

 

La influencia árabe a través de la arquitectura española en Cuba.

 

Un legado visible de la impronta árabe en la Isla son los edificios construidos básicamente en el siglo XVII, en los que predominaban las formas y técnicas del llamado arte mudéjar como reflejo o consecuencia del acervo arquitectónico de la época. Este estilo constructivo fue practicado por los musulmanes para los reinos cristianos de la España ya reconquistada, y consistía en aplicar muchos elementos característicos del arte islámico combinados, en ocasiones, con formas cristianas. En el caso cubano la aplicación de este estilo no fue un intento proyectado de tomar las construcciones moriscas como modelo, sino la huella de las técnicas mudéjares en la arquitectura popular en la que se habían formado los constructores y artesanos españoles emigrados a la Isla en el siglo XVII, y entre los cuales predominaban andaluces y, probablemente, algunos mariscos que lograron evadir las prohibiciones de emigrar al continente americano.

 

Asimismo, los contactos entre Cuba y Andalucía explican la influencia morisca en el medio cubano, pues esa región española constituyó un escenario preferente para el arte de origen musulmán.

 

Sin embargo, estas construcciones de huella morisca sufrieron en Cuba un conjunto de modificaciones que indujeron a Weiss a decidirse por el término «seudomudéjar» para definir el estilo constructivo del siglo XVII en el país.

 

Dentro de los elementos mudéjares de las casas criollas sobresale el patio, que tenía un antecedente hispano-musulmán y era el medio principal de iluminación y circulación de la casa. Entre las casas del siglo XVII con huellas mudéjares en su construcción deben citarse los edificios de Tacón 12 (sede actual del Museo de Arqueología) y Oficios 12, donde radica el res­taurante de comida árabe Al Medina.

 

Las palabras que nacieron en Arabia: presencia de vocablos árabes en el idioma castellano

 

En el español hablado en América, y específicamente en Cuba, persiste un grupo nada desestimable de vocablos de origen árabe, muchos de ellos utilizados en la lengua española desde la Edad Media, y cuya etimología ha sido estudiada por diversos especialistas. Aceite, del árabe zéit, ya se empleaba por escrito en 1251; almohada procede del árabe hispano mohadda, que a su vez surgió del árabe clásico mihadda, y que es derivación de hadd (mejilla), mientras azulejo, la palabra designada para identificar el material que reviste las paredes, viene de zuleig, al que Corominas atribuye un posible origen arábigo y Fanjul afirma que deriva del hispanoárabe zulayy. Este arabista cita el nombre de un instrumento imprescindible para los pescadores: la tarraya, que según comprobó, proviene de árabe taarraha (red).

(Embajada de Cuba en Egipto) 15-02-2009

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