UNIÓN ÁRABE DE CUBA

La comunidad cubano-árabe
mantiene sus vínculos filiales e históricos
con la patria de origen de sus antepasados

 

  

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Unión Árabe de Cuba

 Los Árabes en Cuba- Capítulo 2

Por Rigoberto Menéndez Paredes

 

 

Causas de la emigración árabe a Cuba y formación de la comunidad

 

 

Los fenómenos migratorios son, con independencia de las causas subjetivas que incidan en ellos, el resultado de un desbalance entre los recursos humanos productivos y el nivel de rentabilidad de las sociedades emisoras. Ese desequilibrio se complementa con la existencia de un polo receptor que ofrece condiciones atractivas para los sectores sociales afectados del país emisor: mejores salarios, una eficiente infraestructura técnica, viviendas con aceptables comodidades, mayores posibilidades de movilidad social y otras ventajas, lo cual fomenta los deseos de emigración en los individuos. A partir del siglo XIX, y gracias a esas premisas, los procesos migratorios se hicieron recurrentes y tuvieron flujos estables.

 

Partiendo de esos criterios debe entenderse la dialéctica emigración-inmigración que desde el siglo XIX y con fuerza mayor en el XX, afectó a Líbano, Palestina, Siria y otros países que actuaron como polos emisores, y a Cuba como sociedad receptora de los árabes que, sumados a gran cantidad de extranjeros de todos los continentes, hicieron de nuestro país, en determinados períodos, un territorio visiblemente cosmopolita. También hay que tomar en consideración un grupo de particularidades que afectaron la región de origen de los individuos que después conformaron la CAC.

 

Causas de la emigración desde el Medio Oriente (siglos XIX y XX)

 

Las causas de la emigración de árabes libaneses, palestinos, sirios y otros desde la segunda mitad del siglo XIX son variadas, y aunque predominaron las motivaciones económicas, hubo también otros elementos que influyeron en el proceso migratorio hacia el continente americano.

 

Desde 1840 las mercancías inglesas y de otros países capitalistas tenían libre acceso a los mercados de Egipto y Siria, lo que provocó una declinación de los viejos centros industriales y llevó a la ruina a los artesanos y manufacturas domésticas de la región, cuya posibilidad de crecimiento se paralizó. Los más afectados por la crisis fueron los artesanos y los trabajadores agrícolas, quienes protagonizaron un nomadismo inicial hacia los suburbios regionales (Chiyah, cerca de Beirut, por ejemplo), y muchos, básicamente maronitas y griego-ortodoxos, se dirigieron hacia otros puntos del planeta, entre ellos el codiciado continente americano. También se hicieron sentir factores de presión demográfica en las ciudades de Monte Líbano y otras provincias árabes del imperio.

 

Además de esas causas económicas habría que referirse al conflicto central ocurrido en los territorios otomanos de Monte Líbano, que enfrentó hacia 1860 a la comunidad cristiano-maronita con su contraparte drusa, en luchas marcadas al inicio por un fuerte contenido clasista y matizadas por la intervención europea en los asuntos económicos y políticos del imperio turco. Esa contienda intercomunal, que culminó en una cifra de 22 000 muertos pertenecientes a las colectividades cristianas en Líbano y Damasco, y 1 500 víctimas drusas, se agravó por la depauperación económica de las diversas clases sociales del área que no poseían una posición privilegiada. Las matanzas alentaron un sentimiento de inseguridad entre las personas afectadas que habían perdido familiares o quedaron expuestas a expoliaciones y asesinatos. Este elemento, sin dudas, favoreció la decisión de emigrar.

 

Otros factores no económicos funcionaron asimismo como causas de la emigración de la población árabe: la represión del imperio otomano, primero bajo el sultanato de Abdul Hamid II (1876-1909), cuando muchas nacionalidades no turcas experimentaron un oscuro período, y después con el triunvirato de los llamados Jóvenes Turcos, quienes instituyeron una monarquía constitucional y una política que, en el curso de su gestión de gobierno, se tornó poco favorable a las comunidades cristianas de los territorios..

 

El reverendo maronita Butros Dau explicó que uno de los puntos de emigración preferidos por los sirios y libaneses fue el Valle del Nilo, debido a que la etapa de crisis en Medio Oriente coincidió con el plan de modernización administrativa que aplicaba en Egipto el jedive Ismael, quien empleaba en su aparato burocrático a los graduados árabes de las universidades católica-francesa y presbiteriana-norteamericana de Beirut. Así comienzan a militar en la administración civil y castrense egipcia médicos, farmacéuticos y oficiales de Líbano y Siria. Pero las grandes oleadas migratorias se extendieron prácticamente a países de todos los continentes (Estados Unidos y el resto de América, Australia, Nueva Zelanda, Senegal, entre otros) y fueron integradas por aquellos que deseaban «hacer fortuna» y escapar de las graves circunstancias que los habían obligado al duro camino de la emigración.

 

Correspondió a los libaneses inaugurar la etapa americana de la aventura migratoria árabe del siglo XIX. En este sentido Estados Unidos, que se identificaba con el nombre de «América», fue el destino más deseado. La llegada a Boston en 1854 del estudiante de Teología Antonio Freiha EI-Bechehlani marcó el inicio de la inmigración libanesa hacia nuestro continente. En 1859 la diáspora libanesa se inaugura en Brasil con la entrada del inmigrante Youssef Moussa.

 

El movimiento de pobladores árabes hacia los países del hemisferio americano fue incrementado por palestinos, sirios y egipcios, para citar las nacionalidades más importantes numéricamente. Además de Estados Unidos y Brasil, los destinos escogidos por los árabes fueron México, Argentina, Chile, Cuba y Centroamérica; destaca el caso de los libaneses en Costa Rica y los palestinos en Honduras, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Belice.

 

Existieron estados latinoamericanos del área noroccidental de América del Sur como Venezuela, Colombia y Ecuador, que constituyeron para los inmigrantes árabes un «destino de segunda opción»

 

Esa catalogación se debió a que ninguno de esos países tuvo inicialmente el mismo interés para los árabes que los territorios de Norteamérica, las islas del Caribe y la parte meridional de Sudamérica.

 

Las antiguas colonias inglesas, francesas u holandesas del Caribe igualmente fueron anfitrionas de la diáspora arábiga hacia América en los dos últimos siglos del II milenio. Por citar un único ejemplo, en Curazao la inmigración levantina comenzó en 1914 y fue estimulada por la apertura de una refinería de petróleo venezolano.

 

Durante la I Guerra Mundial (1914-1918) el período de hambruna se hizo sentir en la población libanesa, lo que constituyó una nueva causa para la migración. La entrada de Turquía en el conflicto junto a las potencias centrales (Alemania y Austria-Hungría) terminó con la autonomía de Monte Líbano, que pasó a ser ocupada militarmente por los otomanos, con la consiguiente secuela de represión y hambre.

 

Inicialmente las operaciones militares no afectaron de manera directa al territorio libanés, pese a la carencia de algunos productos importados de Europa y la imposibilidad de que los emigrantes pudieran enviar remesas a sus familiares de Líbano, pero en 1915 se produjo la gran hambruna provocada por una plaga que afectó todos los sembrados. El hecho mismo de que se desarrollara una contienda de grandes magnitudes, agudizó la crisis y el hambre, y provocó la muerte de aproximadamente cien mil libaneses en una proporción de 1 fallecido cada 6 habitantes, que dejó a muchos pueblos prácticamente deshabitados. Amin Maalouf, al referirse a ese período y su vínculo con la emigración masiva de libaneses, planteó:

 

...hoy en día se oye decir a veces que la emigración la provocó la gran hambruna del año quince, lo cual es falso, por supuesto, pues ese movimiento ya contaba con varias décadas de existencia [...]. Pero creció y aprovechó los horrores de la hambruna para darles la razón a quienes se habían ido ya antes, acallando culpabilidades y remordimientos.

 

Nazira Nemer, llegada a Cuba en 1920, recordó la época de la guerra en Rachiin, su pueblo natal, cuando «se cambiaba una casa por una libra de harina». Este planteamiento, reflejo de los esfuerzos realizados por la población libanesa para poder subsistir en medio de la hambruna, refuerza nuestra opinión de que la situación creada en Líbano debido al primer conflicto universal potenció la emigración en significativas oleadas, que en el caso cubano nutrieron numéricamente la composición de la CAC. Sin embargo, el proceso migratorio condicionado por la I Guerra Mundial tuvo como obstáculo la propia contienda bélica, que dificultaba los traslados de los emigrantes y los permisos para salir de sus territorios originarios.

 

En la etapa post-bélica Inglaterra quedó administrando Palestina, Transjordania e Irak, mientras el tutelaje francés se desplegaba por Líbano y Siria. Con esta nueva demarcación de fronteras, continuó la migración libanés-palestino-siria y egipcia hacia el continente americano.

(Embajada de Cuba en Egipto) 28-02-2009

La inmigración en Cuba desde la segunda mitad del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX. Las primeras oleadas de árabes hacia Cuba (últi­mo tercio del siglo XIX)

 

Cuba, el país receptor donde se desenvuelve la comunidad árabe, pasó por diversos regímenes políticos (el colonial es­pañol, el gobierno de ocupación militar norteamericano y el republicano dependiente o neocolonial). El régimen colonial hispano prefirió una inmigración dirigida a poblar la Isla con personas blancas, siempre que procedieran del lugar adecua­do y profesaran la religión católica. Durante las décadas de los 70 y 80 del siglo XIX se estimuló el movimiento migrato­rio de la España continental y las Islas Canarias. Los inmigrantes peninsulares se establecieron en el comercio ur­bano y los canarios en los sectores rurales. Sin embargo, en aquel período se desarrolló también una inmigración origi­naria del continente asiático, incluyendo el Medio Oriente.

 

Las oleadas de árabes que se sucedieron entre 1870 y 1898 no alcanzaron el nivel cuantitativo de las tres primeras déca­das del siglo XX. El hecho de que una parte no despreciable de los mesorientales árabes que arribaron a Cuba a fines del siglo XIX se dirigieran con alguna rapidez hacia otros desti­nos (básicamente Estados Unidos, México y algunos países europeos) conduce a pensar que aún la Isla no era para ellos el punto de preferencia migratoria que fue posteriormente. Sin embargo, ya en esas décadas existía en Cuba un grupo de pobladores árabes de Líbano, Palestina y Siria asentados de forma estable.

 

Según afirma Eurídice Charón, entre 1869 y 1900 se registraron casi ochocientos árabes en los libros de entrada de pasajeros del puerto de La Habana.

 

El caso más antiguo de un inmigrante árabe del Medio Oriente que se registra en La Habana data de 1870; se trató del «otomano» José Yabor. En 1877 entra al país Benito Elías, nativo de Dair-El-Ahmar, Monte Líbano. Estas oleadas iniciales estaban compuestas mayoritariamente por maronitas libaneses.

 

En 1879 arriba a nuestro país Antún Farah, quien se asienta en la ciudad de Pinar del Río, a donde llega posteriormente su hijo Nasim, quien fuera concejal del ayuntamiento en esa ciudad. Estos últimos ejemplos fueron indicios de las familias de inmigrantes que permanecieron en Cuba y se integraron a la vida política del país. Ya hacia la década del 80 del siglo XIX en la calle Monte 248 había una hospedería donde se alojaban los levantinos que pasaban por La Habana.

 

Otros vestigios de la llegada de árabes en las últimas décadas del siglo XIX los ofrecen los libaneses José Salame y Felipe Elías Tumas, nacidos en Becharre, Líbano. De Salame y Tumas comprobamos que se establecieron en el país de forma permanente, el primero en Manzanilla y el segundo inicialmente en Cabañas, Pinar del Río, y después en Bayamo. Estos dos inmigrados alcanzaron el grado de Comandante en las guerras independentistas cubanas.

 

Al realizar un análisis de los pueblos de procedencia de los inmigrantes que llegan durante el siglo XIX, se comprueba documentalmente que los libaneses eran campesinos de la zona maronita principalmente. Pero también en aquel siglo es observable la presencia de palestinos de Belén y del sanjak autónomo de Jerusalén. Asimismo se aprecia desde los inicios de la migración árabe a la Isla la presencia de sirios de Homs y de Safita.

 

La documentación migratoria de los inmigrantes árabes y de todos los pasajeros pertenecientes al imperio turco que ingresaban o salían de la Isla era tramitada por Q. Gallostra, cónsul general otomano en Cuba, que radicaba en La Habana y ya en 1892 ejercía esa función

 

La república dependiente y neocolonial constituida en Cuba a partir de 1902, se inició con un agudo déficit de población. La deficitaria población infantil implicaba un futuro déficit de fuerza de trabajo que solo la inmigración podía suplir.

 

Ante esa crisis demográfica y la necesidad de establecer medidas concretas para favorecer la expansión de la producción que los capitales extranjeros proveerían, el gobierno cubano promulgó un importante documento el 12 de junio de 1906: la Ley de Inmigración y Colonización, que estableció la creación de un fondo de un millón de pesos para importar braceros que serían destinados a las tierras cedidas por los propietarios para arrendadas a los inmigrantes.

 

 

Aunque ninguna ley mencionó ni estipuló específicamente la entrada de arábigos (ya fueran cristianos o musulmanes), ese componente migratorio afroasiático influyó en el crecimien­to demográfico cubano de las primeras décadas del vigésimo siglo; para el árabe que emigraba a Cuba en los inicios del período republicano, el país ofreció atractivos para residir y trabajar en él con estabilidad.

 

Amin Maalouf cita un frag­mento de una carta de su tío abuelo Gabriel M. Maluf, donde se refleja la importancia que para este comerciante libanés tenía nuestro país como punto de destino: «Esta isla, en que se nos dio una oportunidad, progresa y va a convertirse en uno de los puntos más importantes del planeta, material, política y moralmente».

 

Debido a la ausencia de estadísticas acerca de la inmigración de árabes en el período final del régimen colonial español, se desconocen las diversas vías empleadas para llegar a Cuba en la etapa de 1870 a 1906. Un porcentaje, que debió de ser minoritario, pasó por Ellis Island, isla de 127 acres situada a media milla de Manhattan en el puerto de New York, que recepcionaba a los inmigrantes.

 

Por esa estación migratoria entró a territorio norteamericano Gabriel Mojtara Maluf, na­tural de Machrach, Monte Líbano, quien después de residir cuatro años en los Estados Unidos embarcó para Cuba en 1899. Todos los miembros de esta rama de la familia Maluf que en­traron a nuestro país lo hicieron por esa vía.

 

A manera de resumen de la presencia de árabes en las postri­merías del período colonial cabe destacar a los inmigrantes pioneros que participaron de forma activa en el Ejército Li­bertador cubano, lo que estimamos como una prueba del proceso de integración protagonizado por miembros de la comunidad de referencia al país anfitrión.

 

 

 

RELACIÓN DE LOS COMBATIENTES INDEPENDENTISTAS ÁRABES NACIDOS EN LIBANO, PALESTINA y SIRIA

 

Nom. y apell.

País

Ciudad

Año ent

Grado milit.

Dpto.

Alejandro Hadad

Siria

Alepo

1877

Soldado

Oriente

Benito Elías

Líbano

Deir el Amar

1877

Capitán

Occ.

Nasim Farah

Líbano

Aba

1879

Capitán

Occ.

Juan Manzur

Líbano

 

1879

Teniente

Oriente

José Salame

Líbano

Becharre

1882

Comand.

Oriente

Juan Abad

Palestina

Belén

1883

Sarg. de 2ª

Oriente

Felipe Elías Tumas

Líbano

Becharre

1885

Comand.

Oriente

Agripín Abad

Palestina

Belén

1889

Sarg. de 2ª

Oriente

Aurelio Elías

Siria

Safita

1889

Soldado

Oriente

Esteban Hadad

Siria

 

1890

Soldado

Oriente

Juan Hada

Siria

Homs

1893

Soldado

Oriente

 

 

Según la investigadora Gladys Perdomo, también eran mambises de origen árabe el teniente coronel Arturo Aulet Aimerich, el capitán Francisco Aulet Serrano y su hermano Arturo, quien alcanzó el grado de Teniente Coronel, todos pertenecientes al 4° Cuerpo del Departamento Occidental del Ejército Libertador, pero esta in­formación sobre la arabidad de los luchadores independentistas de referencia no la hemos comprobado.

(Embajada de Cuba en Egipto) 15-03-2009

Las grandes oleadas del siglo XX (antes y después de la I Guerra Mundial)

 

 

Gracias a las estimulantes condiciones migratorias que ofrece la Cuba neocolonial se incrementó la inmigración árabe. Una fuente de diversa utilidad como el Informe de inmigración y movimiento de pasajeros, publicado por la Sección de Estadísticas de la Secretaría de Hacienda entre 1902 y 1936, aporta los primeros datos numéricos aproximados de la cantidad de extranjeros que arribaron a los puertos cubanos en ese período. Los árabes estaban clasificados en esos documentos por diversos gentilicios que en algunos casos no respondían a su pertenencia étnica real. Para nuestros propósitos, las denominaciones seleccionadas fueron las de «árabes», «turcos», «sirios» y «egipcios».

 

Esa fuente, como plantea con acierto Eurídice Charón, permitió, entre otras valiosas informaciones cuantitativas, conocer las rutas seguidas por los árabes antes de llegar a territorio cubano. Ella definió, sobre la base del documento citado, dos vías principales de entrada: Medio Oriente-Cuba y desde países de América continental a Cuba.

 

El primer grupo incluye a los viajeros que realizaron la travesía desde la llamada Turquía Asiática (que abarcaba la zona de Líbano, Palestina y Siria) y Turquía Europea. En esta ruta generalmente se hacía escala en Córcega y Marsella. Además, se entraba a través de Inglaterra, Alemania, Italia, entre otros, y de países escalas de las Antillas (Jamaica, Puerto Rico y Santo Domingo). Llama la atención que los puertos españoles, antes escala obligada, han perdido su preponderancia en la ruta mesoriental hacia Cuba, lo que quizás se explique porque nuestro país ya había obtenido la independencia de su antigua metrópoli hispánica.

 

En la vía de entrada desde América continental a Cuba los países fundamentales fueron México y los Estados Unidos, pero también Estados de Centroamérica y Sudamérica.

 

Los inmigrantes árabes no poseían un alto grado de analfabetismo pese a tener un considerable componente campesino en su estructura socioclasista. Entre 1906 y 1913, de los árabes (3,758) que arribaron a Cuba el 57% sabían leer y escribir. Es muy probable que esto se explicase de alguna manera por el buen nivel educacional existente en esta región del Oriente árabe, donde prosperaban las misiones cristianas europeas desde mediados del siglo XIX

 

El viaje se realizaba con la documentación vigente en la potencia administrativa de turno (Turquía, Francia o Inglaterra), así como de los propios países emisores después de alcanzada la independencia. Algunos documentos de la época de dominación otomana en el mundo árabe estaban en lengua turca y francesa. Los palestinos bajo mandato británico portaban el llamado Laissez Passer o permiso de viaje, escrito en tres idiomas (inglés, árabe y hebreo), a causa de la potenciada presencia de población hebrea en Palestina en el siglo XX.

 

Después de 1920 los nativos de Líbano y Siria exhibían un carné de identidad redactado en lengua francesa, donde, en el caso de los nativos del primer país, debía inscribirse la religión confesada por el inmigrante, lo cual respondía a la estructura confesionalista propia de la sociedad libanesa. Dentro de esta documentación había certificados de nacionalidad palestina, cartas de ciudadanía y carnés de identidad del Estado de Gran Líbano.

 

En las primeras décadas neocoloniales hubo aisladas muestras de rechazo al tipo de inmigrante que representaba el árabe, lo cual se demuestra en rotativos como la Gaceta Económica, que se pronunciaba en 1914 del siguiente modo:

 

En la actualidad continúa entrando en la isla, poco a poco, el turco, o árabe, o palestino, o maronita o como quieran llamarle. Este elemento no conviene de ninguna manera al país y nuestro gobierno debe tomar medidas para impedirle la entrada: no se fusiona con ninguna otra de las razas que habitan en la república, exporta del país cuanto gana, no adquiere arraigo, no se dedica a ningún oficio ni empresa, vaga de un lado a otro vendiendo baratijas. ¿Qué beneficio puede reportar esta gente?       

 

El planteamiento refleja las campañas xenofóbicas de algunos individuos o periodistas de la sociedad cubana neocolonial no ligados necesariamente a la postura del gobierno, y cuando afirma que los árabes de Cuba no se fusionan con otras «razas» del país, se opone a la realidad de los hechos.

 

Alrededor de esta época se ofreció una primera cifra de la composición de la colectividad. Gabriel M. Maluf, en carta escrita en 1912 y enviada a su hermano Botros, residente en Líbano, se refiere a la existencia de 6 000 hijos de árabes en Cuba.

 

En los años de la I Guerra Mundial se produjo una disminu­ción de las oleadas desde Medio Oriente, pues solo entraron al país 794 árabes.

 

No obstante la baja numérica de inmigrantes que se produce durante los años de guerra, la CAC exhibe para 1916 un núme­ro nada desestimable, con algunas asociaciones benéficas constituidas y varias personalidades de origen levantino destacadas en el comercio.

 

Los esfuerzos organizativos, la incipiente prosperidad y la agrupación en distintos asentamientos, demuestran la for­mación y fortaleza de una comunidad árabe definida y dife­renciada de otras también oriundas del Medio Oriente otomano como los armenios y los sefardíes.

 

Hasta 1920 tuvimos en cuenta en las estadísticas la denominación «turcos», pero después de ese año consideramos desagregar aquella clasificación, pues es probable que a partir de entonces predominaran en la aludida clasificación mayoritariamente los armenios y hebreos sefardíes por encima de los árabes, y además ya en esta etapa comienzan a individualizarse en los datos migratorios a los libaneses y los palestinos.

 

Los árabes en gran medida llegaban en estado de soltería y en edad laboral (14-45 años), aunque la migración infantil también era apreciable.

 

Después de 1931 la inmigración levantina en Cuba registra un proceso de disminución e intermitencia, pues el país sufría la crisis económica mundial de 1929 y ya no gozaba de las ventajosas posibilidades de décadas anteriores.

 

Hacia 1943 se conoce la cifra diferenciada entre las tres nacionalidades más numerosas de la CAC, que sumaban un total de 30 000 inmigrantes: 22 500 libaneses (75%), 4500 palestinos (15%) Y 3 000 sirios (10%).

 

Ese orden por nacionalidades contrasta con el registrado en Chile, donde hubo una leve mayoría palestina (51 %), seguida por los sirios (30%) y una minoría natural de Líbano (19%). Respecto a los palestinos radicados en Cuba, la cifra disminuyó comparada a la de 1937, año en que se estima existían 5000 representantes de esa nacionalidad.

 

En la década del 40 del siglo XX, la llegada de árabes a nuestra Isla fue muy escasa.

 

La última ola de inmigración árabe en Cuba se produjo durante los primeros años de la década del 50 y estuvo compuesta fundamentalmente por agricultores y comerciantes chiítas del sur de Líbano, nativos de las ciudades de Yarun, Bint Jbail, Nabatiye y Sur, entre otras.

(Embajada de Cuba en Egipto) 31-03-2009

¿Sirios, turcos o árabes? He ahí el dilema: el problema de las clasificaciones

 

La estructura administrativa de Turquía en Medio Oriente, África y Europa, generó en todos sus súbditos (portadores de innumerables nacionalidades) el gentilicio de «turco» u «otomano», que fungía como una especie de ciudadanía y que muchos inmigrantes llevaban en su documentación. Esos registros legales enmascaraban la verdadera procedencia étnica del viajero, pues los libaneses mismos, que eran la mayoría del contingente migratorio mesoriental, apenas aparecen clasificados con esa denominación en las estadísticas migratorias, lo cual resulta lógico porque Líbano se constituyó como unidad política en la década del 20 del siglo XX, cuando ya había llegado una numerosa cantidad de sus pobladores a Cuba.

 

Por otra parte, los que más encontramos en los diversos archivos consultados fueron los inmigrantes árabes clasificados como procedentes de «Siria», elemento que sin dudas respondía al propio discurso geográfico del área. Siria era la gran región histórica antes de que el colonialismo europeo dibujase las fronteras que hoy delimitan al Estado libanés o al sirio propiamente dicho, y comprendía los territorios enclavados entre Egipto y Turquía, por lo que a los nacidos en esa área se les denominaba sirios. Para complicar la madeja clasificatoria, en los documentos de viaje o los archivos parroquiales se leen clasificaciones como «Líbano, Siria, Turquía Asiática», «Nazaret, Siria», «Líbano» y «Asia Menor».

 

El origen de esta complejidad de nombres geográficos responde a la organización político-administrativa del imperio otomano existente hasta 1918.

 

El hermano de Botros, Gebrayel (Gabriel M. Maluf), según demostró el citado escritor, llamaba a sus compatriotas inmigrantes «hijos de los árabes», y al mismo tiempo revelaba su nostalgia por Líbano. La razón de esas disímiles filiaciones se explica por la mentalidad de los libaneses del área siria en la etapa de dominio turco; para ellos Turquía era su Estado, el árabe su lengua, Siria la provincia y Monte Líbano su patria.

 

La única denominación que aparece diferenciada desde inicios del siglo XX en las estadísticas republicanas es la de «egipcios», debido a que el legendario país del Nilo no había sufrido ninguna división de fronteras bajo el dominio turco, y por tanto a sus nacionales siempre se les designa con el gentilicio mencionado.

 

Las clasificaciones se tornaban complejas, pues había varios denominadores para encasillar al inmigrante árabe: ciudadanía, lugar de residencia e identidad étnica. Por ejemplo, un individuo de padres palestinos y religión griego-ortodoxa nacido en Monte Líbano en la provincia de Siria del imperio otomano, pero residente en Egipto, podía ser inscrito en los registros migratorios de diversas maneras.

 

Un elemento que se estudia en todo análisis de colectividades árabes es el cambio de nombre y apellido experimentado por el pasajero una vez que ha arribado al país de destino; el tópico es quizás uno de los más visitados por la curiosidad. Lo complicado de la fonética árabe y de la grafía con que se escriben sus nombres generó en los países de habla hispana una codificación, a veces arbitraria, otras condicionada por la traducción.

 

También constan casos de apellidos totalmente castellanizados, lo que hizo muy difícil identificar la nacionalidad de sus portadores en los registros, a no ser que la información viniese acompañada de otros datos que probasen su oriundez arábiga.

 

Los pueblos de origen de los inmigrantes y áreas de asentamiento en Cuba

 

La mayoría de los miembros de la comunidad árabe de Cuba  procedía de los pueblos de lo que fue la entidad autónoma de Monte Líbano, del Valle de la Bekaa y la zona sudlibanesa. Los nativos de la actual Palestina eran oriundos del norte (Galilea), y de ciudades de la zona oriental del país, conocida hoy como Cisjordania. Los sirios de la actual república provenían de diversas urbes de importancia, mientras los egipcios registrados eran naturales de Alejandría, Ismaelia y la región de Wadi Halfa. El egipcio nacido en Ismaelia aparece registrado como creyente maronita y profesión ingeniero, por lo que dedujimos que fue uno de los casos de descendientes de familias maronitas asentados en el país del Nilo que se dedicaban a labores no comerciales. Mario Ayoub Hussein, que había arribado a Cuba en 1926, nació en la citada región egipcia

 

Los lugares preferidos para el asentamiento fueron las regiones urbanas de la Isla, los espacios cercanos a zonas comerciales, y pueblos con desarrollo de la industria azucarera y la actividad ganadera.

 

Las ciudades de residencia más importantes fueron La Habana y Santiago de Cuba, a la sazón los principales puertos de arribo de los árabes.

(Embajada de Cuba en Egipto) 15-04-2009

El nivel de agrupamiento de los árabes en Cuba no alcanzó el nivel de concentración espacial que logró la comunidad china, sobre todo desde el punto de vista de la forma en que los clasificaron los cubanos de la sociedad circundante; para los capitalinos la diáspora china era identificable con el «barrio chino de La Habana» y los hebreos eran «los comerciantes de la calle Muralla». El árabe conformó su agrupamiento principal con un nivel más o menos estable e íntegro en un área de la capital que coincidió con antiguos barrios coloniales

 

Los habaneros de la época del asentamiento árabe en Monte denominaban a los libaneses, palestinos, sirios y otros, con el inexacto calificativo de «moros», y a veces con el más inapropiado de «polacos». Pocos criollos de entonces hablaban de «sirios» para referirse a los miembros de la Comunidad Árabe de Cuba (CAC).

 

Pero sin dudas, los historiadores identifican la zona mencionada como el principal asentamiento capitalino de la CAC: en él se concentraron desde los años 70 y ya con toda claridad en los 80 del siglo XIX, los primigenios núcleos de libaneses, palestinos, sirios y posteriormente los egipcios.

 

El principal asentamiento árabe de La Habana funcionó como la capital de la colectividad árabe; en él se hallaban las parroquias donde oficiaban los párrocos libaneses de rito maronita y por ese motivo algunos residentes árabes de las otras provincias del país acudían a ellas para realizar los sacramentos esenciales del cristianismo (bautizos y matrimonios)

 

En la zona de Monte se encontraban los comercios, almacenes, fondas, restaurantes, dulcerías y asociaciones que respondían a una tipología étnica y a la forja visible de la identidad diaspórica de la colectividad.

 

Otro asentamiento importante fue el del Tivolí, en Santiago de Cuba. Por ser Santiago el segundo puerto de importancia habilitado por la legislación republicana para recibir inmigrantes, y además una de las ciudades de relevancia socioeconómica y política en Cuba, se formó allí otro núcleo residencial étnico de cepa arábiga, y el Tivolí, un barrio reconocido por haber sido sede de colonos franceses, fue escogido por los levantinos como zona preferencial en la ciudad.

 

La presencia árabe en el Tivolí data de las décadas de los 80 y 90 del siglo XIX y se consolida en los inicios del XX, período en el que ya se habían constituido en la zona dos asociaciones para preservar la cultura endógena y la unidad del grupo. Los primeros apellidos que demuestran el asentamiento arábigo del Tivolí entre fines del siglo XIX y principios del XX fueron Latuf, Triff, Saide, Babun, Cremati, Elías y Adjouri. Llama la atención en el caso de Babun (única familia de origen palestino entre las mencionadas), que había inmigrantes de este mismo apellido radicados en países cercanos como Haití, lo que nos sugiere la posible existencia de una cadena migratoria de esa familia en las Antillas.

 

Asentamiento importante de la capital cubana fue el del denominado reparto Santa Amalia. Allí se generó un agrupamiento de cierta consideración a partir de las primeras décadas del siglo XX. En ese reparto fue donde único se fundó una asociación arábiga cuyo nombre se regía por el criterio del poblado de asentamiento de sus miembros y no por municipio, provincia o país. En Santa Amalia el inmigrante árabe era muy conocido por sus actividades de venta itinerante y comercio minorista; la mayoría eran libaneses y algunos formaban parte de la élite social de la comunidad de referencia.

 

Establecidos a lo largo de todo el país, con la realización de actividades económicas que granjearon el reconocimiento social y el éxito para un porcentaje de sus miembros, la CAC se conformó como un numeroso grupo étnico portador de una infraestructura sociocultural específica.

(Embajada de Cuba en Egipto) 30-04-2009

Índice | Prólogo | Introducción

 Capítulo 1 | Capítulo 2 | Capítulo 3 | Capítulo 4


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